Leyentes de este lugar

Tódo para el blog

Dibuje, pinte, raye ñ.ñ

martes, 18 de octubre de 2016

#NiUnaMenos



    Arriesgándome que me puteen, quiero decir que #niunamenos, me carga un poco... no porque lo encuentre una campaña de mierda, sino porque creo que esto debió cambiar hace tiempo. Hace mucho que los padres debieron comenzar a "ayudar en la casa" para que hoy en día, ya no sea una cuestión de ayudar. Hace mucho tiempo que las familias debieron dejar de estereotipar al niño y a la niña, para que hoy en día sean iguales. Y hace tiempo que miles de cosas debieron partir. No sólo en cuestión de género, porque creo que nadie debe sufrir violencia, sino que no deberían ser tema hoy el género, la homosexualidad, las únicas y especiales. PICO CON TODOS. Todos son libres de hacer lo que quieran y al resto, si bien le interesa: ¡¡NO DEBERÍA IMPORTARLE!!

   Ésto debería cambiar desde la base. La cultura es la que debe cambiar, pero campañas como éstas, no logran nada, sólo un debate de MÁS VIOLENCIA VISUAL Y VERBAL.

   Creo que las personas deberíamos dejar de criticar al resto, dejar de mirar al resto feo, dejar de violentar, en cualquiera de sus formas, tanto los machistas de mierda a las mujeres (NO TODO MACHISMO ES MALO), como las mujeres extremofeministas (a.k.a. feminazis) a todos los hombres, porque creen que todos son iguales.

¡¡NO MÁS VIOLENCIA!!


lunes, 25 de julio de 2016

Flotando en el Mar


Flotando en el Mar

    No sé cómo llegué a ese lugar. Sólo desperté y la vi a mi lado: la mujer más bella de todas, con la sonrisa más alegre y tierna de todas. Estábamos en un pueblo desconocido, en una playa desconocida, con arenas blancas y aguas cristalinas, era un color esmeralda. Estábamos sentados frente al mar cuchicheando un mate, o unas cervezas, no lo recuerdo y, de cualquier forma, es irrelevante. Lo importante era que estaba junto a ella.

    En medio de las risas, recuerdo preguntarle dónde nos encontrábamos. Era un pueblo cerca de La Serena y Coquimbo. Me costó obtener esa información, pues ella jugaba conmigo y lo disfrutaba. Disfrutaba el tenerme perdido, disfrutaba tenerme fuera de mi y fuera del mundo. Recuerdo que le pedía especificaciones, quería saber el cómo llegamos a ese legar y ella, en lugar de contestarme sonríe alegremente, me da un beso y se lanza sobre mi, de una forma muy sensual.

- ¿Quieres saber cómo llegamos o a dónde vamos? - Interrogó suspicazmente con mirada coqueta. 

    Mi respuesta fue simple: silencio nervioso, lleno de respuestas a su pregunta. A ella no le importó ese silencio, era la respuesta perfecta para ella, pues la invitó a tomarme rápidamente con su picardía habitual y llevarme al mar. Sólo en ese trayecto, en menos de 20 pasos, me excitó hasta el alma, tan sólo de verla tan decidida. Esta mujer me volvía loco siempre, con cada sonrisa, con cada mirada, con cada paso y movimiento de sus caderas, con cada palabra amorosa y con cada pensamiento que pasaba por mi mente.

    Llegamos al agua y me sacó la polera sin dificultades y de forma sensual, mientras yo la miraba absoluta y obviamente baboso. Ella lo tenía claro, me tenía en sus garras, por lo que no dudó en enterrarlas en mi cuerpo con un gesto poco decoroso. Se sacó su camiseta y corrió desesperada. Sólo me reí y la contemplé. Andaba con un bikini negro que le quedaba hermoso, estaba hecho para su cuerpo, la silueta más bella que he visto en mi vida, correr tan graciosamente por el mar.

- Alcánzame si puedes. - Gritó agitada por el esfuerzo.

    Y corrí persiguiéndola. Corrí y corrí. Ella se dio media vuelta, me miró fijamente con una mirada traviesa, casi infantil, pero tan adulta que me dejó claras sus intenciones diciendo "Caíste en mi trampa". Diciendo lo que confirmaba mis sospechas y se montó sobre mi. SE MONTÓ SOBRE EL TODO DE MI. Se montó sobre mi y me dio el beso más apasionado que podría alguien imaginar. Estaba tan exaltado, tan... excitado ya a ese punto. Me besó, la besé, nos besamos. Empezó a juguetear sobre mi, flotando en el mar. Ya ni recuerdo en qué momento empezamos a flotar. Me desconcertaba todo, todo ella y todo su actuar. Jugueteaba, me besaba y se desabrochaba el bikini. Se lo sacó como joven universitaria loca de película gringa.

    Ahora creo que eran cervezas las que bebíamos al principio. De otra forma, no sabría cómo explicar lo bien que lo estaba pasando, aunque ella era así sobria. De verdad era la mejor mujer del mundo y estaba junto a mi.

    El Bikini estaba lejos, muy, muy lejos y me dice que tenía un desafío para mi. Nadar y hacer cosas de clasificación '+18', mientras nadábamos hacia el bikini. Yo solté la carcajada más grande de mi vida y ella me miró con un puchero juguetón y me decía que era en serio, que debíamos llegar hasta el bikini tirando y nadando. 

    La hazaña fue extrañamente realizada. Es difícil y vergonzoso de explicar.

- ¡Tenemos premio para el ganador! - Dijo antes de sumergirse y darme mi premio "under the deep blue see". Era magia en sus labios, en todos ellos. Repito, la mejor mujer del mundo. JUNTO A MI, aunque rápidamente se le acabó el aire y desesperada dice: - Ahora te mato. - Con cara de violadora en serie, con expresión cuántica. Esa cara que pone casi siempre. Cada día y cada que me ve.

- Ahora te mato. - Replicó para montarse sobre mi y terminar esta historia mientras nos dábamos el beso más apasionado, flotando en el mar.


martes, 5 de julio de 2016

Carta de despedida


Carta de despedida

         Creo que siempre estuve solo en el mundo. Creo que siempre hubo gente que me miró o que escuchó las estupideces que vociferé, negándolas, contrariándolas, tratando de alivianarlas, en otros casos e incluso algunos las escucharon con admiración. De hecho, esas son las personas que más detesto en este momento. La gente que admira al alguien más sin conocer el trasfondo de la vida de esa persona. Es como admirar a una persona que aprende a leer en condiciones absolutamente normales. Una salud mental estable, sin necesidades especiales, ni de lenguaje, ni de aprendizaje, ni nada parecido.
           La simple idea de que alguien me adule por parecer un intelectual o hasta por tener una linda sonrisa, me parece repudiable. Para empezar, porque eso en realidad nunca importó, ni nunca significó, a ciencia cierta, algo real. En este sentido, la realidad que más me hubiera parecido correcta con esas personas, es que se acercaran a mí y me preguntaran por la vida, para luego explicarme las suyas, contarme sus experiencia, debatir sobre sus ideologías, su cosmovisión o incluso lo que piensa de las hormigas.
            Las personas que me admiraban, nunca me entendieron realmente, eran los peores admiradores (yo aun trato de entender por qué Toriyama aceptó DBGT y luego hice DBSuper para “anularla”, prácticamente). Yo nunca busqué admiración, simplemente buscaba aprender y, ciertamente, antes de cumplir 3 años de edad, entendí que se aprende más del enemigo, que de los amigos, inclusive. Me encantaba discutir con las personas que me odiaban, porque lograban abrir nuevos arcos de raciocinio en mí, dando puntos de vista sobre todas las cosas, en especial, puntos de vista ajenos al mío, totalmente contrariados y exasperados por encontrar la verdad que humillara mis ideas. A pesar de eso, creo que si pudiera hacer algo por alguien en este momento, sería por esas personas: buscaría la forma de seguir discutiendo con ellos (creo que es lo mejor que puedo hacer por alguien que discute conmigo), pues gracias a esta misma gente, mi mente sigue en proceso de creación, en una evolución constante hacia la iluminación, iluminación que MUY PROBABLEMENTE NUNCA LLEGUE, pero que anhelo con toda mi alma, que anhelo con todo mi corazón, que anhelo tanto, incluso como la posibilidad de la existencia de un Dios piadoso y amable, que sea corazón de abuelita. Anhelo la iluminación de mi mente, tanto como un niño anhela a su madre a cada segundo que no la tiene y tanto como Sheer Khan anhela matar a Mowgli.

      Si bien hay personas que aportaron en este proceso mental y otras que en realidad sólo la estancaron alguna vez, hubieron unas más repudiables, las peores y, es por su existencia que hoy me despido. Existen personas que no hacen un aporte más que negativo al mundo, entregando nada más que un doble estándar a la sociedad ínfima de la que logran participar. Si bien soy inmune y hasta ignorante en su presencia, creo que no deberían existir. Hacen pelear a la gente y buscan sólo un tanto de destrucción, imbécil e inerte, sin un fin más allá que ese, un mal. Éste mal, no se compara con un mal bien desarrollado, queda en la enfermedad mitómana, y no da paso al ser sociópata que todos llevamos dentro. Repudio completamente a las personas cahuineras, chaqueteras*, malintencionadas.

       En este sentido, también hay personas que adoro por completo. Mis amigos. Ellos no entran en ninguna de estas categorías, pero por defecto, las admiro tanto como a las personas que me odian, pero las respeto por sobre todas las cosas, ya que comprenden la levedad de la vida, comprenden la complejidad de la vida, comprenden que todo es simple y complicado y, más importante, comprenden que SIN DRAMA, NO HAY VIDA. No ese drama que crean los cahuineros, sino esa cuota perfecta de drama intelectual, ese drama en que se mezclan las relaciones humanas con el ser un ser humano con defectos y virtudes inalcanzables. Se entiende ese drama que crea el sarcasmo y la ironía y se entiende ese drama que crea el comprender que somos incomprensibles todos por igual, pues mentalmente, somos todos de distintas razas, pero amigos al fin.
      Es a ellos, a mis amigos, a quienes más extrañaré de todas las personas que no son mi familia, familia para la que no tengo más palabras que un “LO SIENTO, DEBO HACERLO”. Es a todos ellos a quienes extrañaré ahora… justo ahora que… destruiré el mundo. Ahora que debo hacer estallar esta gran masa de vida y porquerías.

Adiós, mundo cruel. Muere, mundo cruel.


*Cahuinero/Chaquetero: Persona que realiza comentarios malintencionados que provocan disensiones entre personas.


lunes, 13 de junio de 2016

Cenizas y Finales


Cenizas y Finales

Atardecer ardiente y humeante.
Campo de nieblas y frío constante.
Tu mirada puesta en la fogata.
Mi mano buscando las llamas.

Bello fue verte, bello fue amarte.
Sentí la vida aquella tarde,
al tenerte entre mis brazos
al vivir, al menos al besarte.

Los pastizales húmedos,
con aroma a sangre de parto.
Los potreros radiantes al sol,
con rayas sombradas interpretándonos,
imitándonos en un rincón.

Tu rostro sonrojado y tu mirada saltante,
tu respiración sencilla y tu mente…
tu mente delirante, perdida…
aclamándome sinsentidos jadeantes.

Noche negra y amanecer interminable.
Tu mirada puesta en la fogata.
Mi mano buscando las llamas.
Tú, despreciando mi alma.

Me miras y me rechazas,
lloras y mientes en mi cara.
Apagas la fogata, apagas la llama.
Cenizas y finales, en el campo…
…en mi corazón y en mi cama.

lunes, 6 de junio de 2016

Sobre la libertad, la soledad y la confianza


Sobre la libertad, la soledad y la confianza

      Ya lo decía Chavela Vargas hace un tiempo y que hoy por hoy está tan de moda: “Lo supe siempre. No hay nadie que aguante la libertad ajena; a nadie le gusta vivir con una persona libre. Si eres libre, ese es el precio que tienes que pagar: LA SOLEDAD”. Y pienso que ella no está del todo equivocada, pues la gente no soporta a la gente libre. Les molesta que la vecina lleve dos o tres hombres distintos a su casa en la semana, les fastidia que el hijo de su amigo esté en una mejor universidad que su hijo, les carga que su primo tenga una mejor bicicleta que la suya. En resumen, todos tienen una moral diferente y los niveles de envidia hacen sucumbir a las personas en la decadencia de la humanidad. Sin embargo, también pienso que ella no soporta la libertad de los demás, porque no es libre. Por eso no puede vivir con más gente, pues una persona libre, perfectamente puede vivir con una persona libre. ¡Al menos yo podría!

      El precio de la libertad, no es la soledad. No Señores. Una persona libre soporta, tolera, aguanta y comparte la libertad de otra persona. Es más, una persona libre, ni se preocupa de la libertad de los demás, no la cuestiona... a lo más vela porque no vulneren su propia libertad. Una persona libre, vive libre y deja libre a los demás. No se preocupa de qué hace el vecino, del auto que se compró o de la ventana rota que no ha arreglado hace meses. La persona libre no se preocupa de si su amigo hace dieta o se come 6 panes y almuerza 3 veces al día con un refresco de cola. ¡NO! Una persona libre los deja.

      Una persona libre no es celosa tampoco, porque confía en sí mismo y deja que eso traspase la confianza a los demás. Un hombre libre, una mujer libre son personas que eligen a su pareja en base al amor y la confianza, son personas que si tienen un problema, sea del tipo que sea, lo conversan, en lugar de llegar y transgredir las libertades. Una persona libre, deja libre a su pareja. Y no, eso no significa que deja ir a la persona que le importa, a la persona que ama, sino que confía en dicho ser, pues en su libertad, basa la libertad del otro, en la confianza y en el amor.

      Una persona libre, confía en sus capacidades, en su gente –pues cada uno puede elegir a su gente, hasta la familia la elegimos, si decidimos hacerlo- y, por sobre todo, confía en lo que cree. No les hablo de ley de la atracción y esas cacas, pues todos sabes que no sólo depende de cuánto quieras algo, también debes luchar por ellos y, hasta los cristianos lo dicen: “al que madruga Dios le ayuda”.

      Una persona que confía, todo lo puede, puede ser amar ser libre y estar solo. Todo por separado o al mismo tiempo.

      Y, a modo de sugerencia, para que vean que no vulnero vuestra libertad: PAREN CON SU WEÁ!! Si están solos, es porque quieren o no son capaces de elegir a quién está con ustedes.


sábado, 12 de septiembre de 2015

El día en que desperté



El día en que desperté


       Un día desperté enfermo, sin ánimos de caminar. Un día desperté agonizando, sin siquiera tener ánimos de pensar. El día aquel, desperté del sueño, adolorido y amenazado, cansado de intentar retener mi vida entre las fauces de la tierra. Ese día desperté cojo y sin pretensiones de avanzar. Me pesaban las horas, me anclaban a cada grifo, a cada poste, a cada árbol agonizante. Las horas me anclaban a cada edificio eterno en el infierno. Mis pies detestaban caminar, me cegaba la luz del sol y mi piel era un volcán de palpitares borrascosos y magmáticos quemando mi ser a más no poder, reventando vidrios en mi espalda.

       Un día desperté y simplemente no te vi más. Mis ojos estaban negros por tu ausencia, mis labios estaban resecos por tu ausencia. Mi cuerpo estaba muerto por tu ausencia. Sólo sentía tu ausencia. Me aproximaba a la soledad y respiraba tu ausencia. Era yo esa mañana y tu ausencia.

       Mis ojos eran negros, salpicados de desgracia. Tus besos en mi memoria, eran desamor tóxico. Tus dedos despidiéndose eran miel de arañas espaciales, la cual imagino más tóxica que tu desamor. Ya no te deseaba, pero te sentía en tu ausencia que promulgabas mi final y en cambio, deseaba llamaradas de fuego negro quemando tu piel al compás de “Fear of the Dark”, mientras me volvía más y más pobre en mi propia tristeza.

       Ya no percibía nada. Me enamoraba de los insectos, me alimentaba de las alergias y me reflejaba en el vacío. Caminaba en la nada y… gritaba. Gritaba tu nombre a las paredes, con la esperanza de que cayeran sobre ti y su impacto hiciera latir mi corazón una vez más, como ayer, como un tambor. Quería volver a cantar y a vibrar, sin embargo, la pesadilla era real… tenía miedo y no podía ser cuidadoso, no podía ser sigiloso. Mi vida se esfumó.

       Mi vida se esfumó y me volví mudo, perdí mis estribos, mis complejos, mi vergüenza y mi violencia. Quedé desnudo y abierto a la indolencia. Quedé postrado a mi cama, sepultando mujeres en mi almohada, arraigándolas a las sábanas y acribillándolas a sus telas, amarrándolas con sus hilos tan delicados. Me postré a una vida de pasiones que jamás saciarían mi celda. Mi vida, nunca me daría libertad.

       Me vi consumido, deprimido, desatinado. La muerte me observaba sabiamente, parada en mi ventana y sujetando la reja de mí casa. Yo inconsciente le giñaba un ojo y le enseñaba mi cama. Yo esperaba a la muerte. Yo soñaba a la muerte. Yo deseaba a la muerte. Yo me volvía al más divino y satisfactorio de los pecados. Yo me masturbaba pensando en que un día, más temprano que tarde, moriría. Estaba inválido en mí mismo, despierto en un soplo de nada… de nada que me tocara.

       El día en que desperté, recordé en cada símbolo de la nada, tus besos tortuosos y burlescos, tu infancia y tu invierno, nuestro ser nada en esa cama, nuestras reflexiones y los sueños de vacas. ¿Algo realmente importa aquí? La respuesta era NADA.

domingo, 31 de mayo de 2015

Descansados mis pies


Descansados mis pies

Descansados mis pies
de tanto andar y correr,
por la vida y otros cuantos lugares
sin distinguir un principio,
sin siquiera buscar el final.

Descansados, digo,
Porque se enamoran del camino
Se enamoran del sin sentido
De los demás del mundo
Y de otros inmundos.

Descansados, digo,
porque descansan del descanso,
ese que sólo muestra rendidos,
rencor, cero compasión y desolación.
El descanso del montón.

Descansados mis pies
de tantas alegrías y desdichas,
de tanto dulce y agrás.
Descansados mis pies de tus versos,
De los míos de los demás,
Porque sin sentido, no van a ningún lugar.

jueves, 21 de mayo de 2015

Sobre amor y otras cosas no tan cursis como esa



Sobre amor y otras cosas no tan cursis como esa 

      El amor, el amor, el amor. Detesto las cursilerías que estas palabras traen consigo y no es que yo no las diga, porque también lo hago, pero lo que detesto es las ideas que trae. Afortunadamente no he sufrido por esas ideas porque dejo todo claro siempre, sin embargo es mi forma de ser la que hace que siempre sea el que debe escuchar: “MI PAREJA SÓLO QUIERE SEXO Y HABLAR COSAS QUE NO ME INTERESAN” y cosas similares con largos rezos de por medio, claro. 
      Pocos han pensado que el amor es más que las cursilerías, eso lo tengo claro y es probable que quién me esté leyendo, aun no entienda que el amor no es sólo palabras bonitas, sino que también debe contener tres cosas muy importantes: 
            - Amistad, con la cuota de diversión y confianza que ésta merece. 
            - Guerras intelectuales. 
            - Contenido para mayores de 16. 

      Claramente si estamos con una persona es porque confiamos en ella y porque nos llevamos bien con la misma y si es así me pregunto ¿POR QUÉ TANTAS PAREJAS PELEANDO POR TODO DÍA A DÍA? La respuesta es simple: primero, porque no confían en esa persona y, segundo, porque se ponen celosos al más mínimo atisbo de peligro o se desesperan porque hay cosas que en realidad no conocen de su pareja. ¿POR QUÉ MEJOR NO HACEN ALGO BIEN Y DEJAN DE ALEGAR LESERAS? Sería más simple buscar una manera tierna de resolver pronto el problema y (CLARO!!) dejar de lado el orgullo, porque éste es el que hace a la gente tonta. Ahora bien, sabemos que debemos confiar en la otra persona, pero no lo hacemos. Aun así, puedo afirmar que también es necesario un poco (algo casi mínimamente pequeño, una pizca) de CELOS. Sí, suena contradictorio, pero analícenlo; es mejor tener una pareja que siente que la quieren a través de un poco de celos (MUY POCOS) a una que cree que le tienen botada/o porque no hay nada que indique preocupación para con ella/él. A esto último le denomino (gracias a alguien muy especial que me guió en este concepto) ser CELOSO TIERNO y me declaro como tal, además. 
      Adicionalmente, una relación necesita ir renovándose minuto a minuto, para que no se desgaste y no caiga en lo monótono. Para esto es necesario una serie de factores imprescindibles en AMBAS PERSONAS: ser chistoso, alegre e impetuoso, un poco falto de respeto (pero aquí sí que una pisca aun menor que la de celos), en donde de vez en cuando se escape un improperio que suene a rabia o a chiste. También es necesario ser innovador (y no sólo en este tema, sino en el contenido para mayores de 16, que ya viene) inventando lugares nuevos donde ir a pasear o donde simplemente caminar y disfrutar del día, aprovechando también un día de lluvia y mojarse en compañía del amor, caminar de la mano y quizás sacar un cigarrillo que es tan delicioso con agua en el techo y un café en una taza. Aprovechar (MUCHO, también) los días de sol y salir temprano y con ropa abrigada, para ir desabrigándose de poco en poco. Hay que hacer entretenido el noviazgo, disfrutarlo y hacerlo provechoso. Nunca están demás las visitas a los museos (aun que desafortunadamente a mucha gente no les gusten), a tocatas o todas esas cosas. Compartir los gustos personales con los del otro. Eso hace bien. 

      Por otro lado, podemos decir que si bien una relación se basa en buenas intenciones y puro amor, también podemos decir que una relación (y el amor mismo) es pura guerra, una estúpida y sensual guerra. Quiero decir, la mejor forma de mantener viva una relación es con una feroz batalla intelectual y una aclimatada guerra de pasión. Siempre es bueno discutir sobre cultura, sobre imaginación, sobre creencias y algunas hiervas locas, pero siempre (SIEMPRE Y DEJAR MEMORÁNDUM AL RESPECTO), SIEMPRE con tolerancia y en cuanto uno de los dos ve que va para una pelea, debe de inmediato ceder el pase de la razón al otro aun que éste crea que el otro está equivocado. Por lo general estas conversaciones llevarán a ambos a una satisfacción inigualable y de niveles intelectuales que son difíciles de llenar con otras personas y que, según yo, sólo se puede hacer (además de con la pareja) con personas a las que uno admira. 
      Me sorprende que algo tan complejo lo haya podido describir en tan pocas líneas. Me siento orgulloso de mí, pensé que serían varias páginas. 

      Finalmente y no menos importante (también para algunos más califas podrías ser lo más importante, dependiendo del termostato de cada persona), el contenido erótico de cada pareja, la diversión que puede incluir algunos vicios y más que nada... MÚSICA. Sí, quiero decir que el contenido para mayores de 16 refiere básicamente a “SEXO, ALCOHOL Y ROCK’N ROLL”. Aun que la frase no me ayuda, por su orden, voy a explicarlo al revés. El Rock’n Roll como tal o la música que ambos pueda llegarlos a prender, ya sea emocional o físicamente, basta al momento de compartirla para hacer de cualquier rato, algo mejor, pues es elemental que si a tu pareja permite acompañar los momentos con la música que tú desees te sientes bien, realizado y te hace llegar a niveles de amor indescriptibles. Porque la música mueve nuestros mundos, lo queramos o no, ésta nos permite disfrutar todo de una manera especial. 
      Respecto al alcohol, muchos no concordarán, pero puedo asegurarles que puede lograr diversión fraternal en una pareja. ¿Por qué? Simple, partiendo por el hecho de que los primeros (y la mayoría) de los tragos que cada uno de nosotros hemos probado, lo hemos hecho con amigos o con nuestra familia más cercana, independiente de si ha habido personas ajenas a esto, siempre hay alguien especial compartiendo un trago (OJO, NO DIGO QUE CONOZCAMOS A NUESTRA PAREJA EN UNA FIESTA, PORQUE A MI PARECER ES LA PEOR SITUACIÓN QUE PUEDA EXISTIR). Ahora bien, el compartir una botella con tu ser amado puede resultar muy entretenido, no a niveles desastrosos y vergonzosos de borrachera, pero sí a niveles que te entreguen el estar “arriba de la pelota”*. Prontamente, esto se transforma en un aire de renovación para la pareja, aun que se haya hecho una sola vez en 20 años, resulta bueno. 
      Ahora sí, FINALMENTE, el bendito el sexo. Hacer el amor es lo más importante, pues según lo observado en mi círculo, muchas relaciones terminan por un mal trato en la cama, por falta de caricias o por falta de ideas nuevas, etc. Para triunfar en esto hay que ser ingenioso (INGENIERO) y tener un buen proveedor de métodos anticonceptivos (JÁ), junto con las hierbas mencionadas en los puntos anteriores. Qué quiero decir con esto, pues básicamente que una pareja que se lleva mal en la cama, quizás no es una gran pareja y quizás tampoco tiene futuro, pero ¿A QUÉ SE DEBE ESTO? Yo lo atribuyo a todo lo anterior, pues creo que una relación a la que le falta confianza y fluidez y que sufre de escasa creatividad, difícilmente va a lograr algo en la cama llevando directamente al aburrimiento de uno de los dos, pues hacer el amor, es vital para una pareja... y para una persona el sexo, como tal, es necesario aun que sea como filtro y aquí es donde las personas que no son capaces de hablar las cosas, las personas cobardes y las personas que de por sí son malas, cometen infidelidades y claro, echándole la culpa a esto, pero son ellos mismos los culpables (POR ÚLTIMO TERMINEN CON SU PAREJA Y LUEGO VAYA Y PROSTITÚYASE GRATUITAMENTE). 
      Hacer el amor es lo mejor, es de por sí lo más rico y más rico que el sólo sexo. Hacer el amor mantiene a una relación viva, pero necesita obligatoriamente de amistad de pareja, guerras intelectuales y ojalá de otros contenidos para mayores de 16, sino es así, OLVÍDESE DE QUE ESTÁ HACIENDO EL AMOR... es sólo una cachita**, se lo aseguro. 
      Ahora bien, hacer el amor no es sólo llegar y poner lo que hay que poner donde haya que ponerlo, tiene su ciencia... y el kamasutra si sabe de esto y, según yo, junto con las películas porno, son buenas ideas para mejorarlo en caso de que se vayan aburriendo de él. Por otro lado, hacer el amor tiene sus consecuencias, por lo que hay que tener un buen proveedor de métodos anticonceptivos, PORQUE NINGUNO ES 100% EFECTIVO, independiente de lo que le diga la enfermera, la matrona, la ginecóloga o quien sea, SIEMPRE ESTÁ EL RIESGO LATENTE. No digo que porque tengan un buen proveedor todo será seguro, pero en caso de que se acaben los condones por ejemplo, tenerlo a mano o sino, a ocupar las manos o a pensar y dar ideas... el otro/a a ver si acepta... 

      Al final una relación necesita, en resumen, de confianza y de amor para triunfar... respeto por sobre todo y tolerancia. Al final la droga para cualquiera, es la persona que más te llena. 

      PD: SEXO ALCOHOL Y ROCK’N ROLL, así todo junto, es mejor!! 

*ARRIBA DE LA PELOTA, para mis lectores extranjeros, es un término chileno que significa que uno, luego de disfrutar mucho de algún trago de alcohol o droga o mera adrenalina (de diversión), disfruta más de la fiesta o celebración a pesar de cualquier estado emocional previo a este, llegando a hacer cosas que quizás sobrio no hubiera hecho, como bailar sobre una mesa o en un tubo de streeper, coquetearle a alguien o cosas símiles. 

**CAHITA, es una palabra chilena que deriva de la palabra CACHA, que es de orden vulgar y que hace referencia directa al sexo como tal, sin amor ni complicaciones. Al ser esta una “Cachita” y no una “Cacha” quiere decir (en este contexto) que tiene una cacha, pero con un poco más de importancia, después de todo son pareja, pero no están haciendo el amor... ¡métanselo en la cabeza!

domingo, 10 de mayo de 2015

Ven a bailar la lluvia junto a mí


Ven a bailar la lluvia junto a mí

Me gustaría tenerte en el frío,
tiritando ante mi,
desgarrando tus sentidos al pensar
que no te soltaré, sino para contemplarte
y lanzarme a tus labios entumecidos, otra vez.

Me gustaría tenerte corriendo
entre la hierba húmeda
desnuda, inteligente y sensual,
esperando que mis brazos te atrapen,
que no te suelten, sino para bailar.

Desearía verte bailar bajo la lluvia
dulce y furiosa.
Sobre sus nubes negras
y su ritmo desolado y poderoso
que nos guiarán en algo más jugoso.

¿Disfrutarías una pieza de lluvia sureña
junto a mi?
Sobre su infinita impaciencia
-la tuya, precisamente-, haremos el amor,
desenfrenados y perdidos en cada gota,
en cada lágrima que el cielo gritará,
en cada rayo que tú brillarás.
Tú, tormenta eléctrica en lluvias sureñas.

lunes, 6 de abril de 2015

Oscuros Colores



Oscuros Colores

Tarde gris y tus ojos color marrón,
lagrimeando incansables y
corriendo tu maquillaje oscuro y
reflejando el atardecer
carmesí como la sangre derramada.

Esa mañana salí sin ánimos de salir. Esa mañana no debía salir, pero algo guiaba mis pasos. Sólo quería tenderte una mano, como siempre lo hacía. Qué estúpido. Caminé contigo de la mano y... no sé por qué al verte mal, decidí aumentar tu dolor y te conté lo fatal: “tu hermana, mi amante”. Pero claro, tú ya lo sabías, no eres tonta y yo lo sé. Aun así lloraste como si recién lo supieras, tenías todo planeado.

Aun siento tu olor a café
y tus gritos llenos de petróleo
con un poco de musgos y corales
contrastando con la nada,
esa que construía agria, la verdad.

Al llegar a tu casa te vi correr sin mirar a tras y a ese gato negro volver a cantar como un vil cuervo: “Nunca más!” Maldito animal. Tu hermana Adelle, estaba sentada en el sillón, miserable como siempre, antes de morir. Llevaba sensual una blusa color negro canción y un pantalón azul de mezclilla que armonizaba con sus piernas que se despedían y... yo lo sabía.
Debí contestar, pero el gato volvió a cantar “NUNCA MÁS!” y un arma empezó a corear “PAFF-PAFF!”

Esposas con sangre en mis manos,
mis ojos morados en el retrovisor
y un oficial leyendo mis derechos blancos.
Tú sonriendo la muerte de tu hermana

y mi castigo eterno encerrado.

jueves, 19 de marzo de 2015

La última tierra libre


La última tierra libre 

    Y cuando todos estaban encadenados, la última tierra libre, la única que siempre luchó sin importar la muerte, dijo: “UN, DOS, TRES. POR MI Y POR TODOS MIS COMPAÑEROS.”

jueves, 12 de febrero de 2015

Me encantaste


Me encantaste

          Me encantó tu forma de ser, un poco de ti y un poco de mi... me encantaste completamente, desde tus chistes poco elaborados, hasta tu sutil doble sentido que me hace tiritar a cada instante. Me encantó tu forma de sonreír y de mirar en cada palabra y en cada silencio, perturbándome con escalofríos excitantes y suspiros medios locos. Me encantó tu forma de caminar, sensual como chocolate y frutilla, sensual como tu misma. Me encantó tu forma de acariciar mi barba, tus dientes rosando mi cuerpo y tus besos me volvieron loco, alucinado. Me encantó tu cuerpo y cómo lo mueves al caminar, cómo lo mueves al descansar y cómo lo mueves cerca de mí, apropiadamente seductor, apropiadamente asesino, desplomando todos mis sentidos, enredando mi forma de hablar y alocándome a cada instante, desesperadamente sin parar.

martes, 20 de enero de 2015

El Poema Negro (Claudio de Alas)

Espectacular poema de uno de los escritores más fabulosos que he leído. El escritor maldito de sudamérica (mitad Chileno, a la postre). Disfruten!!

Por cierto, hay un cantante venezolano que hace una muy buena versión musical de este tema: el link aquí

El Poema Negro

Claudio de Alas

Cuando moría, me enlazó en su brazo,
cual un reptil de palpitante raso;
y con voz afiebrada y lastimera,
me dijo que cual ultima terneza,
y en recuerdo de toda su belleza,
me dejaba su blanca calavera...

Que robara a la hambrienta sepultura,
ese ultimo jirón de su hermosura,
que una lívida amante me sería,
y en mis horas alegres o de duelo,
su alma descendiendo desde el cielo,
a través de sus cuencas me vería.

Paso el tiempo...
El ave silenciosa del recuerdo,
voló sobre su fosa,
llamándome a cumplir aquel pedido,
que cual lúgubre flor de sus amores,
me dejó en los postreros estertores,
temerosa a los lutos del olvido.

Y era una noche, oscuridad y viento:
la lluvia desgarrando el firmamento,
batía en sus ramajes la espesura,
los jardines tronchados y barridos,
y del mar el estruendo y los rugidos,
resonando a lo lejos con pavura.

Ardiente el corazón, los miembros yertos 
escalé la muralla de los muertos,
y pensando en la súplica postrera
de esa lívida novia del misterio
me perdí en el profundo cementerio,
porque iba a robar su calavera.

Por las calles desiertas y medrosas,
buscando en los letreros de las fosas,
llegue hasta su sepulcro solitario.
El viento en los cipreses sollozaba
y la lluvia, furiosa, me azotaba,
cual queriendo arrojarme del osario.

De una lámpara, sorda, bajo el brillo,
su mármol quebranté con un martillo.
Cual fatídico abismo, negro y hondo,
de la tumba la puerta entenebrida
abierta contemple...
de entre su fondo,
brotó una bocanada corrompida!

Y en lo profundo de la negra caja,
entre blancos jirones de mortaja,
la miré desleída y pestilente,
sepultadas sus formas y sus manos,
entre olas hirvientes de gusanos 
que tragaban su carne lentamente.

En sus sienes mechones de cabellos,
sus ojos ¡Ay! como ningunos bellos,
convertidas en cuencas pavorosas,
en su boca que fue roja granada,
una muda y horrible carcajada,
y su pecho en piltrafas asquerosas...

De su belleza que radió cual astro,
no había allí tan siquiera un rastro.
Era un informe y corrompido andrajo.
La mire entristecido, mudo, inerte,
medite en los festines de la muerte,
y me hundí en el sepulcro abierto a tajo.

Temblorosas se tendieron mis manos,
al inmenso hervidero de gusanos.
Busque de la garganta las junturas,
nervioso retorcí...Hubo traquidos
de huesos arrancados y partidos...
Hasta que salí de las sepulturas.

Huí miedoso entre las sombras crueles,
creyendo que los muertos en tropeles,
levantaban sus formas descarnadas,
corriendo a rescatar su calavera,
esa yerta y silente compañera,
de la lóbrega noche de la nada...

-----------------------------------------------------

Eso pasó, fue ayer, hoy en mí mesa
cual escombro final de su belleza,
helada, muda, lívida e inerte
sobre mis libros en montón, reposa
cual una gigantesca y blanca rosa,
que ostentase la risa de la muerte.

Sus grandes cuencas, cómo dos cavernas,
me contemplan inmóviles y eternas.
Atónitos, al mirarla me figuro
que su alma tal vez huya del cielo,
para triste, silente y con anhelo,
mirarme allá, desde su fondo oscuro.

Entonces con amor llego hasta ella,
y cual si fuese cuando viva bella,
por sus huesos mi mano se desliza,
siento de ansia el corazón opreso,
y en el instante que le doy un beso,
Me encuentro ¡Ay! con su macabra risa.

Allá desde la alta noche, cuándo escribo,
ante su faz sintiéndome cautivo, 
me parece que se abren sus quijadas,
y que en frases muy tiernas, temblorosas
me pide que le diga blandas cosas,
como en noches amantes y borradas...

Y soñando la veo transformarse
en la bella de entonces y acercarse,
y sentirme yo suyo...y ella mía...
Más al instante mi pupila advierte 
que no es sino la imagen de la muerte,
que me contempla estática y sombría.

Ya llevan mucho tiempo estos amores,
ella es quien conoce mis dolores,
los sueños todos de mi vida entera,
ella me da la desnudez que viste,
yo el cariño de mi vida triste,
teniéndola de novia hasta que muera.

Y cuando rompa de la vida el lazo,
cual ella a mi la rodeara mi brazo,
y antes que a mi alrededor todo sucumba
le diré como frase postrimera:

¡Acompáñame pobre calavera,
acompáñame Amada hasta la tumba..."


sábado, 21 de junio de 2014

La carta robada (Edgard Allan Poe)

        Espectacular texto de uno de mis autores favoritos, traducido por uno de mis autores favoritos. Edgar Allan Poe, traducido por Julio Cortazar. Saludos y disfruten del texto.

La carta robada

Edgar Allan Poe

traducido por Julio Cortazar


Me hallaba en París en el otoño de 18... Una noche, después de una tarde ventosa, gozaba del doble placer de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de mi amigo C. Auguste Dupin, en su pequeña biblioteca o gabinete de estudios del n.° 33, rue Dunot, au troisième, Faubourg Saint-Germain. Llevábamos más de una hora en profundo silencio, y cualquier observador casual nos hubiera creído exclusiva y profundamente dedicados a estudiar las onduladas capas de humo que llenaban la atmósfera de la sala. Por mi parte, me había entregado a la discusión mental de ciertos tópicos sobre los cuales habíamos departido al comienzo de la velada; me refiero al caso de la rue Morgue y al misterio del asesinato de Marie Rogêt. No dejé de pensar, pues, en una coincidencia, cuando vi abrirse la puerta para dejar paso a nuestro viejo conocido G..., el prefecto de la policía de París.

Lo recibimos cordialmente, pues en aquel hombre había tanto de despreciable como de divertido, y llevábamos varios años sin verlo. Como habíamos estado sentados en la oscuridad, Dupin se levantó para encender una lámpara, pero volvió a su asiento sin hacerlo cuando G... nos hizo saber que venía a consultarnos, o, mejor dicho, a pedir la opinión de mi amigo sobre cierto asunto oficial que lo preocupaba grandemente.

-Si se trata de algo que requiere reflexión -observó Dupin, absteniéndose de dar fuego a la mecha- será mejor examinarlo en la oscuridad.

-He aquí una de sus ideas raras -dijo el prefecto, para quien todo lo que excedía su comprensión era «raro», por lo cual vivía rodeado de una verdadera legión de «rarezas».

-Muy cierto -repuso Dupin, entregando una pipa a nuestro visitante y ofreciéndole un confortable asiento.

-¿Y cuál es la dificultad? -pregunté-. Espero que no sea otro asesinato.

-¡Oh, no, nada de eso! Por cierto que es un asunto muy sencillo y no dudo de que podremos resolverlo perfectamente bien por nuestra cuenta; de todos modos pensé que a Dupin le gustaría conocer los detalles, puesto que es un caso muy raro.

-Sencillo y raro -dijo Dupin.

-Justamente. Pero tampoco es completamente eso. A decir verdad, todos estamos bastante confundidos, ya que la cosa es sencillísima y, sin embargo, nos deja perplejos.

-Quizá lo que los induce a error sea precisamente la sencillez del asunto -observó mi amigo.

-¡Qué absurdos dice usted! -repuso el prefecto, riendo a carcajadas.

-Quizá el misterio es un poco demasiado sencillo -dijo Dupin.

-¡Oh, Dios mío! ¿Cómo se le puede ocurrir semejante idea?

-Un poco demasiado evidente.

-¡Ja, ja! ¡Oh, oh! -reía el prefecto, divertido hasta más no poder-. Dupin, usted acabará por hacerme morir de risa.

-Veamos, ¿de qué se trata? -pregunté.

-Pues bien, voy a decírselo -repuso el prefecto, aspirando profundamente una bocanada de humo e instalándose en un sillón-. Puedo explicarlo en pocas palabras, pero antes debo advertirles que el asunto exige el mayor secreto, pues si se supiera que lo he confiado a otras personas podría costarme mi actual posición.

-Hable usted -dije.

-O no hable -dijo Dupin.

-Está bien. He sido informado personalmente, por alguien que ocupa un altísimo puesto, de que cierto documento de la mayor importancia ha sido robado en las cámaras reales. Se sabe quién es la persona que lo ha robado, pues fue vista cuando se apoderaba de él. También se sabe que el documento continúa en su poder.

-¿Cómo se sabe eso? -preguntó Dupin.

-Se deduce claramente -repuso el prefecto- de la naturaleza del documento y de que no se hayan producido ciertas consecuencias que tendrían lugar inmediatamente después que aquél pasara a otras manos; vale decir, en caso de que fuera empleado en la forma en que el ladrón ha de pretender hacerlo al final.

-Sea un poco más explícito -dije.

-Pues bien, puedo afirmar que dicho papel da a su poseedor cierto poder en cierto lugar donde dicho poder es inmensamente valioso.

El prefecto estaba encantado de su jerga diplomática.

-Pues sigo sin entender nada -dijo Dupin.

-¿No? Veamos: la presentación del documento a una tercera persona que no nombraremos pondría sobre el tapete el honor de un personaje de las más altas esferas y ello da al poseedor del documento un dominio sobre el ilustre personaje cuyo honor y tranquilidad se ven de tal modo amenazados.

-Pero ese dominio -interrumpí- dependerá de que el ladrón supiera que dicho personaje lo conoce como tal. ¿Y quién osaría...?

-El ladrón -dijo G...- es el ministro D..., que se atreve a todo, tanto en lo que es digno como lo que es indigno de un hombre. La forma en que cometió el robo es tan ingeniosa como audaz. El documento en cuestión -una carta, para ser francos- fue recibido por la persona robada mientras se hallaba a solas en el boudoir real. Mientras la leía, se vio repentinamente interrumpida por la entrada de la otra eminente persona, a la cual la primera deseaba ocultar especialmente la carta. Después de una apresurada y vana tentativa de esconderla en un cajón, debió dejarla, abierta como estaba, sobre una mesa. Como el sobrescrito había quedado hacia arriba y no se veía el contenido, la carta podía pasar sin ser vista. Pero en ese momento aparece el ministro D... Sus ojos de lince perciben inmediatamente el papel, reconoce la escritura del sobrescrito, observa la confusión de la persona en cuestión y adivina su secreto. Luego de tratar algunos asuntos en la forma expeditiva que le es usual, extrae una carta parecida a la que nos ocupa, la abre, finge leerla y la coloca luego exactamente al lado de la otra. Vuelve entonces a departir sobre las cuestiones públicas durante un cuarto de hora. Se levanta, finalmente, y, al despedirse, toma la carta que no le pertenece. La persona robada ve la maniobra, pero no se atreve a llamarle la atención en presencia de la tercera, que no se mueve de su lado. El ministro se marcha, dejando sobre la mesa la otra carta sin importancia.

-Pues bien -dijo Dupin, dirigiéndose a mí-, ahí tiene usted lo que se requería para que el dominio del ladrón fuera completo: éste sabe que la persona robada lo conoce como el ladrón.

-En efecto -dijo el prefecto-, y el poder así obtenido ha sido usado en estos últimos meses para fines políticos, hasta un punto sumamente peligroso. La persona robada está cada vez más convencida de la necesidad de recobrar su carta. Pero, claro está, una cosa así no puede hacerse abiertamente. Por fin, arrastrada por la desesperación, dicha persona me ha encargado de la tarea.

-Para la cual -dijo Dupin, envuelto en un perfecto torbellino de humo- no podía haberse deseado, o siquiera imaginado, agente más sagaz.

-Me halaga usted -repuso el prefecto-, pero no es imposible que, en efecto, se tenga de mi tal opinión.

-Como hace usted notar -dije-, es evidente que la carta sigue en posesión del ministro, pues lo que le confiere su poder es dicha posesión y no su empleo. Apenas empleada la carta, el poder cesaría.

Muy cierto -convino G...-. Mis pesquisas se basan en esa convicción. Lo primero que hice fue registrar cuidadosamente la mansión del ministro, aunque la mayor dificultad residía en evitar que llegara a enterarse. Se me ha prevenido que, por sobre todo, debo impedir que sospeche nuestras intenciones, lo cual sería muy peligroso.

-Pero usted tiene todas las facilidades para ese tipo de investigaciones -dije-. No es la primera vez que la policía parisiense las practica.

-¡Oh, naturalmente! Por eso no me preocupé demasiado. Las costumbres del ministro me daban, además, una gran ventaja. Con frecuencia pasa la noche fuera de su casa. Los sirvientes no son muchos y duermen alejados de los aposentos de su amo; como casi todos son napolitanos, es muy fácil inducirlos a beber copiosamente. Bien saben ustedes que poseo llaves con las cuales puedo abrir cualquier habitación de París. Durante estos tres meses no ha pasado una noche sin que me dedicara personalmente a registrar la casa de D... Mi honor está en juego y, para confiarles un gran secreto, la recompensa prometida es enorme. Por eso no abandoné la búsqueda hasta no tener seguridad completa de que el ladrón es más astuto que yo. Estoy seguro de haber mirado en cada rincón posible de la casa donde la carta podría haber sido escondida.

-¿No sería posible -pregunté- que si bien la carta se halla en posesión del ministro, como parece incuestionable, éste la haya escondido en otra parte que en su casa?

-Es muy poco probable -dijo Dupin-. El especial giro de los asuntos actuales en la corte, y especialmente de las intrigas en las cuales se halla envuelto D..., exigen que el documento esté a mano y que pueda ser exhibido en cualquier momento; esto último es tan importante como el hecho mismo de su posesión.

-¿Que el documento pueda ser exhibido? -pregunte.

-Si lo prefiere, que pueda ser destruido -dijo Dupin.

-Pues bien -convine-, el papel tiene entonces que estar en la casa. Supongo que podemos descartar toda idea de que el ministro lo lleve consigo.

-Por supuesto -dijo el prefecto-. He mandado detenerlo dos veces por falsos salteadores de caminos y he visto personalmente cómo le registraban.

-Pudo usted ahorrarse esa molestia -dijo Dupin-. Supongo que D... no es completamente loco y que ha debido prever esos falsos asaltos como una consecuencia lógica.

-No es completamente loco -dijo G...-, pero es un poeta, lo que en mi opinión viene a ser más o menos lo mismo.

-Cierto -dijo Dupin, después de aspirar una profunda bocanada de su pipa de espuma de mar-, aunque, por mi parte, me confieso culpable de algunas malas rimas.

-¿Por qué no nos da detalles de su requisición? -pregunté.

-Pues bien; como disponíamos del tiempo necesario, buscamos en todas partes. Tengo una larga experiencia en estos casos. Revisé íntegramente la mansión, cuarto por cuarto, dedicando las noches de toda una semana a cada aposento. Primero examiné el moblaje. Abrimos todos los cajones; supongo que no ignoran ustedes que, para un agente de policía bien adiestrado, no hay cajón secreto que pueda escapársele. En una búsqueda de esta especie, el hombre que deja sin ver un cajón secreto es un imbécil. ¡Son tan evidentes! En cada mueble hay una cierta masa, un cierto espacio que debe ser explicado. Para eso tenemos reglas muy precisas. No se nos escaparía ni la quincuagésima parte de una línea.

»Terminada la inspección de armarios pasamos a las sillas. Atravesamos los almohadones con esas largas y finas agujas que me han visto ustedes emplear. Levantamos las tablas de las mesas.»

-¿Porqué?

-Con frecuencia, la persona que desea esconder algo levanta la tapa de una mesa o de un mueble similar, hace un orificio en cada una de las patas, esconde el objeto en cuestión y vuelve a poner la tabla en su sitio. Lo mismo suele hacerse en las cabeceras y postes de las camas.

-Pero, ¿no puede localizarse la cavidad por el sonido? -pregunté.

-De ninguna manera si, luego de haberse depositado el objeto, se lo rodea con una capa de algodón. Además, en este caso estábamos forzados a proceder sin hacer ruido.

-Pero es imposible que hayan ustedes revisado y desarmado todos los muebles donde pudo ser escondida la carta en la forma que menciona. Una carta puede ser reducida a un delgadísimo rollo, casi igual en volumen al de una aguja larga de tejer, y en esa forma se la puede insertar, por ejemplo, en el travesaño de una silla. ¿Supongo que no desarmaron todas las sillas?

-Por supuesto que no, pero hicimos algo mejor: examinamos los travesaños de todas las sillas de la casa y las junturas de todos los muebles con ayuda de un poderoso microscopio. Si hubiera habido la menor señal de un reciente cambio, no habríamos dejado de advertirlo instantáneamente. Un simple grano de polvo producido por un barreno nos hubiera saltado a los ojos como si fuera una manzana. La menor diferencia en la encoladura, la más mínima apertura en los ensamblajes, hubiera bastado para orientarnos.

-Supongo que miraron en los espejos, entre los marcos y el cristal, y que examinaron las camas y la ropa de la cama, así como los cortinados y alfombras.

-Naturalmente, y luego que hubimos revisado todo el moblaje en la misma forma minuciosa, pasamos a la casa misma. Dividimos su superficie en compartimentos que numeramos, a fin de que no se nos escapara ninguno; luego escrutamos cada pulgada cuadrada, incluyendo las dos casas adyacentes, siempre ayudados por el microscopio.

-¿Las dos casas adyacentes? -exclamé-. ¡Habrán tenido toda clase de dificultades!

-Sí. Pero la recompensa ofrecida es enorme.

-¿Incluían ustedes el terreno contiguo a las casas?

-Dicho terreno está pavimentado con ladrillos. No nos dio demasiado trabajo comparativamente, pues examinamos el musgo entre los ladrillos y lo encontramos intacto.

-¿Miraron entre los papeles de D..., naturalmente, y en los libros de la biblioteca?

-Claro está. Abrimos todos los paquetes, y no sólo examinamos cada libro, sino que lo hojeamos cuidadosamente, sin conformarnos con una mera sacudida, como suelen hacerlo nuestros oficiales de policía. Medimos asimismo el espesor de cada encuadernación, escrutándola luego de la manera más detallada con el microscopio. Si se hubiera insertado un papel en una de esas encuadernaciones, resultaría imposible que pasara inadvertido. Cinco o seis volúmenes que salían de manos del encuadernador fueron probados longitudinalmente con las agujas.

-¿Exploraron los pisos debajo de las alfombras?

-Sin duda. Levantamos todas las alfombras y examinamos las planchas con el microscopio.

-¿Y el papel de las paredes?

-Lo mismo.

-¿Miraron en los sótanos?

-Miramos.

-Pues entonces -declaré- se ha equivocado usted en sus cálculos y la carta no está en la casa del ministro.

-Me temo que tenga razón -dijo el prefecto-. Pues bien, Dupin, ¿qué me aconseja usted?

-Revisar de nuevo completamente la casa.

-¡Pero es inútil! -replicó G...-. Tan seguro estoy de que respiro como de que la carta no está en la casa.

-No tengo mejor consejo que darle -dijo Dupin-. Supongo que posee usted una descripción precisa de la carta.

-¡Oh, sí!

Luego de extraer una libreta, el prefecto procedió a leernos una minuciosa descripción del aspecto interior de la carta, y especialmente del exterior. Poco después de terminar su lectura se despidió de nosotros, desanimado como jamás lo había visto antes.

Un mes más tarde nos hizo otra visita y nos encontró ocupados casi en la misma forma que la primera vez. Tomó posesión de una pipa y un sillón y se puso a charlar de cosas triviales. Al cabo de un rato le dije:

-Veamos, G..., ¿qué pasó con la carta robada? Supongo que, por lo menos, se habrá convencido de que no es cosa fácil sobrepujar en astucia al ministro.

-¡El diablo se lo lleve! Volví a revisar su casa, como me lo había aconsejado Dupin, pero fue tiempo perdido. Ya lo sabía yo de antemano.

-¿A cuánto dijo usted que ascendía la recompensa ofrecida? -preguntó Dupin.

-Pues... a mucho dinero... muchísimo. No quiero decir exactamente cuánto, pero eso sí, afirmo que estaría dispuesto a firmar un cheque por cincuenta mil francos a cualquiera que me consiguiese esa carta. El asunto va adquiriendo día a día más importancia, y la recompensa ha sido recientemente doblada. Pero, aunque ofrecieran tres voces esa suma, no podría hacer más de lo que he hecho.

-Pues... la verdad... -dijo Dupin, arrastrando las palabras entre bocanadas de humo-, me parece a mí, G..., que usted no ha hecho... todo lo que podía hacerse. ¿No cree que... aún podría hacer algo más, eh?

-¿Cómo? ¿En qué sentido?

-Pues... puf... podría usted... puf, puf... pedir consejo en este asunto... puf, puf, puf... ¿Se acuerda de la historia que cuentan de Abernethy?

-No. ¡Al diablo con Abernethy!

-De acuerdo. ¡Al diablo, pero bienvenido! Érase una vez cierto avaro que tuvo la idea de obtener gratis el consejo médico de Abernethy. Aprovechó una reunión y una conversación corrientes para explicar un caso personal como si se tratara del de otra persona. «Supongamos que los síntomas del enfermo son tales y cuales -dijo-. Ahora bien, doctor: ¿qué le aconsejaría usted hacer?» «Lo que yo le aconsejaría -repuso Abernethy- es que consultara a un médico.»

-¡Vamos! -exclamó el prefecto, bastante desconcertado-. Estoy plenamente dispuesto a pedir consejo y a pagar por él. De verdad, daría cincuenta mil francos a quienquiera me ayudara en este asunto.

-En ese caso -replicó Dupin, abriendo un cajón y sacando una libreta de cheques-, bien puede usted llenarme un cheque por la suma mencionada. Cuando lo haya firmado le entregaré la carta.

Me quedé estupefacto. En cuanto al prefecto, parecía fulminado. Durante algunos minutos fue incapaz de hablar y de moverse, mientras contemplaba a mi amigo con ojos que parecían salírsele de las órbitas y con la boca abierta. Recobrándose un tanto, tomó una pluma y, después de varias pausas y abstraídas contemplaciones, llenó y firmó un cheque por cincuenta mil francos, extendiéndolo por encima de la mesa a Dupin. Éste lo examinó cuidadosamente y lo guardo en su cartera; luego, abriendo un escritorio, sacó una carta y la entregó al prefecto. Nuestro funcionario la tomó en una convulsión de alegría, la abrió con manos trémulas, lanzó una ojeada a su contenido y luego, lanzándose vacilante hacia la puerta, desapareció bruscamente del cuarto y de la casa, sin haber pronunciado una sílaba desde el momento en que Dupin le pidió que llenara el cheque.

Una vez que se hubo marchado, mi amigo consintió en darme algunas explicaciones.

-La policía parisiense es sumamente hábil a su manera -dijo-. Es perseverante, ingeniosa, astuta y muy versada en los conocimientos que sus deberes exigen. Así, cuando G... nos explicó su manera de registrar la mansión de D..., tuve plena confianza en que había cumplido una investigación satisfactoria, hasta donde podía alcanzar.

-¿Hasta donde podía alcanzar? -repetí.

-Sí -dijo Dupin-. Las medidas adoptadas no solamente eran las mejores en su género, sino que habían sido llevadas a la más absoluta perfección. Si la carta hubiera estado dentro del ámbito de su búsqueda, no cabe la menor duda de que los policías la hubieran encontrado.

Me eché a reír, pero Dupin parecía hablar muy en serio.

-Las medidas -continuó- eran excelentes en su género, y fueron bien ejecutadas; su defecto residía en que eran inaplicables al caso y al hombre en cuestión. Una cierta cantidad de recursos altamente ingeniosos constituyen para el prefecto una especie de lecho de Procusto, en el cual quiere meter a la fuerza sus designios. Continuamente se equivoca por ser demasiado profundo o demasiado superficial para el caso, y más de un colegial razonaría mejor que él. Conocí a uno que tenía ocho años y cuyos triunfos en el juego de «par e impar» atraían la admiración general. El juego es muy sencillo y se juega con bolitas. Uno de los contendientes oculta en la mano cierta cantidad de bolitas y pregunta al otro: «¿Par o impar?» Si éste adivina correctamente, gana una bolita; si se equivoca, pierde una. El niño de quien hablo ganaba todas las bolitas de la escuela. Naturalmente, tenía un método de adivinación que consistía en la simple observación y en el cálculo de la astucia de sus adversarios. Supongamos que uno de éstos sea un perfecto tonto y que, levantando la mano cerrada, le pregunta: «¿Par o impar?» Nuestro colegial responde: «Impar», y pierde, pero a la segunda vez gana, por cuanto se ha dicho a sí mismo: «El tonto tenía pares la primera vez, y su astucia no va más allá de preparar impares para la segunda vez. Por lo tanto, diré impar.» Lo dice, y gana. Ahora bien, si le toca jugar con un tonto ligeramente superior al anterior, razonará en la siguiente forma: «Este muchacho sabe que la primera vez elegí impar, y en la segunda se le ocurrirá como primer impulso pasar de par a impar, pero entonces un nuevo impulso le sugerirá que la variación es demasiado sencilla, y finalmente se decidirá a poner bolitas pares como la primera vez. Por lo tanto, diré pares.» Así lo hace, y gana. Ahora bien, esta manera de razonar del colegial, a quien sus camaradas llaman «afortunado», ¿en qué consiste si se la analiza con cuidado?

-Consiste -repuse- en la identificación del intelecto del razonador con el de su oponente.

-Exactamente -dijo Dupin-. Cuando pregunté al muchacho de qué manera lograba esa total identificación en la cual residían sus triunfos, me contestó: «Si quiero averiguar si alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus pensamientos en ese momento, adapto lo más posible la expresión de mi cara a la de la suya, y luego espero hasta ver qué pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi corazón, coincidentes con la expresión de mi cara.» Esta respuesta del colegial está en la base de toda la falsa profundidad atribuida a La Rochefoucauld, La Bruyère, Maquiavelo y Campanella.

-Si comprendo bien -dije- la identificación del intelecto del razonador con el de su oponente depende de la precisión con que se mida la inteligencia de este último.

-Depende de ello para sus resultados prácticos -replicó Dupin-, y el prefecto y sus cohortes fracasan con tanta frecuencia, primero por no lograr dicha identificación y segundo por medir mal -o, mejor dicho, por no medir- el intelecto con el cual se miden. Sólo tienen en cuenta sus propias ideas ingeniosas y, al buscar alguna cosa oculta, se fijan solamente en los métodos que ellos hubieran empleado para ocultarla. Tienen mucha razón en la medida en que su propio ingenio es fiel representante del de la masa; pero, cuando la astucia del malhechor posee un carácter distinto de la suya, aquél los derrota, como es natural. Esto ocurre siempre cuando se trata de una astucia superior a la suya y, muy frecuentemente, cuando está por debajo. Los policías no admiten variación de principio en sus investigaciones; a lo sumo, si se ven apurados por algún caso insólito, o movidos por una recompensa extraordinaria, extienden o exageran sus viejas modalidades rutinarias, pero sin tocar los principios. Por ejemplo, en este asunto de D..., ¿qué se ha hecho para modificar el principio de acción? ¿Qué son esas perforaciones, esos escrutinios con el microscopio, esa división de la superficie del edificio en pulgadas cuadradas numeradas? ¿Qué representan sino la aplicación exagerada del principio o la serie de principios que rigen una búsqueda, y que se basan a su vez en una serie de nociones sobre el ingenio humano, a las cuales se ha acostumbrado el prefecto en la prolongada rutina de su tarea? ¿No ha advertido que G... da por sentado que todo hombre esconde una carta, si no exactamente en un agujero practicado en la pata de una silla, por lo menos en algún agujero o rincón sugerido por la misma línea de pensamiento que inspira la idea de esconderla en un agujero hecho en la pata de una silla? Observe asimismo que esos escondrijos rebuscados sólo se utilizan en ocasiones ordinarias, y sólo serán elegidos por inteligencias igualmente ordinarias; vale decir que en todos los casos de ocultamiento cabe presumir, en primer término, que se lo ha efectuado dentro de esas líneas; por lo tanto, su descubrimiento no depende en absoluto de la perspicacia, sino del cuidado, la paciencia y la obstinación de los buscadores; y si el caso es de importancia (o la recompensa magnifica, lo cual equivale a la misma cosa a los ojos de los policías), las cualidades aludidas no fracasan jamás. Comprenderá usted ahora lo que quiero decir cuando sostengo que si la carta robada hubiese estado escondida en cualquier parte dentro de los límites de la perquisición del prefecto (en otras palabras, si el principio rector de su ocultamiento hubiera estado comprendido dentro de los principios del prefecto) hubiera sido descubierta sin la más mínima duda. Pero nuestro funcionario ha sido mistificado por completo, y la remota fuente de su derrota yace en su suposición de que el ministro es un loco porque ha logrado renombre como poeta. Todos los locos son poetas en el pensamiento del prefecto, de donde cabe considerarlo culpable de un non distributio medii por inferir de lo anterior que todos los poetas son locos.

-¿Pero se trata realmente del poeta? -pregunté-. Sé que D... tiene un hermano, y que ambos han logrado reputación en el campo de las letras. Creo que el ministro ha escrito una obra notable sobre el cálculo diferencial. Es un matemático y no un poeta.

-Se equivoca usted. Lo conozco bien, y sé que es ambas cosas. Como poeta y matemático es capaz de razonar bien, en tanto que como mero matemático hubiera sido capaz de hacerlo y habría quedado a merced del prefecto.

-Me sorprenden esas opiniones -dije-, que el consenso universal contradice. Supongo que no pretende usted aniquilar nociones que tienen siglos de existencia sancionada. La razón matemática fue considerada siempre como la razón por excelencia.

-Il y a à parier -replicó Dupin, citando a Chamfort- que toute idée publique, toute convention reçue est une sottise, car elle a convenu au plus grand nombre. Le aseguro que los matemáticos han sido los primeros en difundir el error popular al cual alude usted, y que no por difundido deja de ser un error. Con arte digno de mejor causa han introducido, por ejemplo, el término «análisis» en las operaciones algebraicas. Los franceses son los causantes de este engaño, pero si un término tiene alguna importancia, si las palabras derivan su valor de su aplicación, entonces concedo que «análisis» abarca «álgebra», tanto como en latín ambitus implica «ambición»; religio, «religión», u homines honesti, la clase de las gentes honorables.

-Me temo que se malquiste usted con algunos de los algebristas de París. Pero continúe.

-Niego la validez y, por tanto, los resultados de una razón cultivada por cualquier procedimiento especial que no sea el lógico abstracto. Niego, en particular, la razón extraída del estudio matemático. Las matemáticas constituyen la ciencia de la forma y la cantidad; el razonamiento matemático es simplemente la lógica aplicada a la observación de la forma y la cantidad. El gran error está en suponer que incluso las verdades de lo que se denomina álgebra pura constituyen verdades abstractas o generales. Y este error es tan enorme que me asombra se lo haya aceptado universalmente. Los axiomas matemáticos no son axiomas de validez general. Lo que es cierto de la relación (de la forma y la cantidad) resulta con frecuencia erróneo aplicado, por ejemplo, a la moral. En esta última ciencia suele no ser cierto que el todo sea igual a la suma de las partes. También en química este axioma no se cumple. En la consideración de los móviles falla igualmente, pues dos móviles de un valor dado no alcanzan necesariamente al sumarse un valor equivalente a la suma de sus valores. Hay muchas otras verdades matemáticas que sólo son tales dentro de los límites de la relación. Pero el matemático, llevado por el hábito, arguye, basándose en sus verdades finitas, como si tuvieran una aplicación general, cosa que por lo demás la gente acepta y cree. En su erudita Mitología, Bryant alude a una análoga fuente de error cuando señala que, «aunque no se cree en las fábulas paganas, solemos olvidarnos de ello y extraemos consecuencias como si fueran realidades existentes». Pero, para los algebristas, que son realmente paganos, las «fábulas paganas» constituyen materia de credulidad, y las inferencias que de ellas extraen no nacen de un descuido de la memoria sino de un inexplicable reblandecimiento mental. Para resumir: jamás he encontrado a un matemático en quien se pudiera confiar fuera de sus raíces y sus ecuaciones, o que no tuviera por artículo de fe que x2+px es absoluta e incondicionalmente igual a q. Por vía de experimento, diga a uno de esos caballeros que, en su opinión, podrían darse casos en que x2+px no fuera absolutamente igual a q; pero, una vez que le haya hecho comprender lo que quiere decir, sálgase de su camino lo antes posible, porque es seguro que tratará de golpearlo.

»Lo que busco indicar -agregó Dupin, mientras yo reía de sus últimas observaciones- es que, si el ministro hubiera sido sólo un matemático, el prefecto no se habría visto en la necesidad de extenderme este cheque. Pero sé que es tanto matemático como poeta, y mis medidas se han adaptado a sus capacidades, teniendo en cuenta las circunstancias que lo rodeaban. Sabía que es un cortesano y un audaz intrigant. Pensé que un hombre semejante no dejaría de estar al tanto de los métodos policiales ordinarios. Imposible que no anticipara (y los hechos lo han probado así) los falsos asaltos a que fue sometido. Reflexioné que igualmente habría previsto las pesquisiciones secretas en su casa. Sus frecuentes ausencias nocturnas, que el prefecto consideraba una excelente ayuda para su triunfo, me parecieron simplemente astucias destinadas a brindar oportunidades a la perquisición y convencer lo antes posible a la policía de que la carta no se hallaba en la casa, como G... terminó finalmente por creer. Me pareció asimismo que toda la serie de pensamientos que con algún trabajo acabo de exponerle y que se refieren al principio invariable de la acción policial en sus búsquedas de objetos ocultos, no podía dejar de ocurrírsele al ministro. Ello debía conducirlo inflexiblemente a desdeñar todos los escondrijos vulgares. Reflexioné que ese hombre no podía ser tan simple como para no comprender que el rincón más remoto e inaccesible de su morada estaría tan abierto como el más vulgar de los armarios a los ojos, las sondas, los barrenos y los microscopios del prefecto. Vi, por último, que D... terminaría necesariamente en la simplicidad, si es que no la adoptaba por una cuestión de gusto personal. Quizá recuerde usted con qué ganas rió el prefecto cuando, en nuestra primera entrevista, sugerí que acaso el misterio lo perturbaba por su absoluta evidencia.

-Me acuerdo muy bien -respondí-. Por un momento pensé que iban a darle convulsiones.

-El mundo material -continuó Dupin- abunda en estrictas analogías con el inmaterial, y ello tiñe de verdad el dogma retórico según el cual la metáfora o el símil sirven tanto para reforzar un argumento como para embellecer una descripción. El principio de la vis inertiæ, por ejemplo, parece idéntico en la física y en la metafísica. Si en la primera es cierto que resulta más difícil poner en movimiento un cuerpo grande que uno pequeño, y que el impulso o cantidad de movimiento subsecuente se hallará en relación con la dificultad, no menos cierto es en metafísica que los intelectos de máxima capacidad, aunque más vigorosos, constantes y eficaces en sus avances que los de grado inferior, son más lentos en iniciar dicho avance y se muestran más embarazados y vacilantes en los primeros pasos. Otra cosa: ¿Ha observado usted alguna vez, entre las muestras de las tiendas, cuáles atraen la atención en mayor grado?

-Jamás se me ocurrió pensarlo -dije.

-Hay un juego de adivinación -continuó Dupin- que se juega con un mapa. Uno de los participantes pide al otro que encuentre una palabra dada: el nombre de una ciudad, un río, un Estado o un imperio; en suma, cualquier palabra que figure en la abigarrada y complicada superficie del mapa. Por lo regular, un novato en el juego busca confundir a su oponente proponiéndole los nombres escritos con los caracteres más pequeños, mientras que el buen jugador escogerá aquellos que se extienden con grandes letras de una parte a otra del mapa. Estos últimos, al igual que las muestras y carteles excesivamente grandes, escapan a la atención a fuerza de ser evidentes, y en esto la desatención ocular resulta análoga al descuido que lleva al intelecto a no tomar en cuenta consideraciones excesivas y palpablemente evidentes. De todos modos, es éste un asunto que se halla por encima o por debajo del entendimiento del prefecto. Jamás se le ocurrió como probable o posible que el ministro hubiera dejado la carta delante de las narices del mundo entero, a fin de impedir mejor que una parte de ese mundo pudiera verla.

»Cuanto más pensaba en el audaz, decidido y característico ingenio de D..., en que el documento debía hallarse siempre a mano si pretendía servirse de él para sus fines, y en la absoluta seguridad proporcionada por el prefecto de que el documento no se hallaba oculto dentro de los límites de las búsquedas ordinarias de dicho funcionario, más seguro me sentía de que, para esconder la carta, el ministro había acudido al más amplio y sagaz de los expedientes: el no ocultarla.

»Compenetrado de estas ideas, me puse un par de anteojos verdes, y una hermosa mañana acudí como por casualidad a la mansión ministerial. Hallé a D... en casa, bostezando, paseándose sin hacer nada y pretendiendo hallarse en el colmo del ennui. Probablemente se trataba del más activo y enérgico de los seres vivientes, pero eso tan sólo cuando nadie lo ve.

»Para no ser menos, me quejé del mal estado de mi vista y de la necesidad de usar anteojos, bajo cuya protección pude observar cautelosa pero detalladamente el aposento, mientras en apariencia seguía con toda atención las palabras de mi huésped.

»Dediqué especial cuidado a una gran mesa-escritorio junto a la cual se sentaba D..., y en la que aparecían mezcladas algunas cartas y papeles, juntamente con un par de instrumentos musicales y unos pocos libros. Pero, después de un prolongado y atento escrutinio, no vi nada que procurara mis sospechas.

»Dando la vuelta al aposento, mis ojos cayeron por fin sobre un insignificante tarjetero de cartón recortado que colgaba, sujeto por una sucia cinta azul, de una pequeña perilla de bronce en mitad de la repisa de la chimenea. En este tarjetero, que estaba dividido en tres o cuatro compartimentos, vi cinco o seis tarjetas de visitantes y una sola carta. Esta última parecía muy arrugada y manchada. Estaba rota casi por la mitad, como si a una primera intención de destruirla por inútil hubiera sucedido otra. Ostentaba un gran sello negro, con el monograma de D... muy visible, y el sobrescrito, dirigido al mismo ministro revelaba una letra menuda y femenina. La carta había sido arrojada con descuido, casi se diría que desdeñosamente, en uno de los compartimentos superiores del tarjetero.

»Tan pronto hube visto dicha carta, me di cuenta de que era la que buscaba. Por cierto que su apariencia difería completamente de la minuciosa descripción que nos había leído el prefecto. En este caso el sello era grande y negro, con el monograma de D...; en el otro, era pequeño y rojo, con las armas ducales de la familia S... El sobrescrito de la presente carta mostraba una letra menuda y femenina, mientras que el otro, dirigido a cierta persona real, había sido trazado con caracteres firmes y decididos. Sólo el tamaño mostraba analogía. Pero, en cambio, lo radical de unas diferencias que resultaban excesivas; la suciedad, el papel arrugado y roto en parte, tan inconciliables con los verdaderos hábitos metódicos de D..., y tan sugestivos de la intención de engañar sobre el verdadero valor del documento, todo ello, digo sumado a la ubicación de la carta, insolentemente colocada bajo los ojos de cualquier visitante, y coincidente, por tanto, con las conclusiones a las que ya había arribado, corroboraron decididamente las sospechas de alguien que había ido allá con intenciones de sospechar.

»Prolongué lo más posible mi visita y, mientras discutía animadamente con el ministro acerca de un tema que jamás ha dejado de interesarle y apasionarlo, mantuve mi atención clavada en la carta. Confiaba así a mi memoria los detalles de su apariencia exterior y de su colocación en el tarjetero; pero terminé además por descubrir algo que disipó las últimas dudas que podía haber abrigado. Al mirar atentamente los bordes del papel, noté que estaban más ajados de lo necesario. Presentaban el aspecto típico de todo papel grueso que ha sido doblado y aplastado con una plegadera, y que luego es vuelto en sentido contrario, usando los mismos pliegues formados la primera vez. Este descubrimiento me bastó. Era evidente que la carta había sido dada vuelta como un guante, a fin de ponerle un nuevo sobrescrito y un nuevo sello. Me despedí del ministro y me marché en seguida, dejando sobre la mesa una tabaquera de oro.

»A la mañana siguiente volví en busca de la tabaquera, y reanudamos placenteramente la conversación del día anterior. Pero, mientras departíamos, oyóse justo debajo de las ventanas un disparo como de pistola, seguido por una serie de gritos espantosos y las voces de una multitud aterrorizada. D... corrió a una ventana, la abrió de par en par y miró hacia afuera. Por mi parte, me acerqué al tarjetero, saqué la carta, guardándola en el bolsillo, y la reemplacé por un facsímil (por lo menos en el aspecto exterior) que había preparado cuidadosamente en casa, imitando el monograma de D... con ayuda de un sello de miga de pan.

»La causa del alboroto callejero había sido la extravagante conducta de un hombre armado de un fusil, quien acababa de disparar el arma contra un grupo de mujeres y niños. Comprobóse, sin embargo, que el arma no estaba cargada, y los presentes dejaron en libertad al individuo considerándolo borracho o loco. Apenas se hubo alejado, D... se apartó de la ventana, donde me le había reunido inmediatamente después de apoderarme de la carta. Momentos después me despedí de él. Por cierto que el pretendido lunático había sido pagado por mí.»

-¿Pero qué intención tenía usted -pregunté- al reemplazar la carta por un facsímil? ¿No hubiera sido preferible apoderarse abiertamente de ella en su primera visita, y abandonar la casa?

-D... es un hombre resuelto a todo y lleno de coraje -repuso Dupin-. En su casa no faltan servidores devotos a su causa. Si me hubiera atrevido a lo que usted sugiere, jamás habría salido de allí con vida. El buen pueblo de París no hubiese oído hablar nunca más de mí. Pero, además, llevaba una segunda intención. Bien conoce usted mis preferencias políticas. En este asunto he actuado como partidario de la dama en cuestión. Durante dieciocho meses, el ministro la tuvo a su merced. Ahora es ella quien lo tiene a él, pues, ignorante de que la carta no se halla ya en su posesión, D... continuará presionando como si la tuviera. Esto lo llevará inevitablemente a la ruina política. Su caída, además, será tan precipitada como ridícula. Está muy bien hablar del facilis descensus Averni; pero, en materia de ascensiones, cabe decir lo que la Catalani decía del canto, o sea, que es mucho más fácil subir que bajar. En el presente caso no tengo simpatía -o, por lo menos, compasión- hacia el que baja. D... es el monstrum horrendum, el hombre de genio carente de principios. Confieso, sin embargo, que me gustaría conocer sus pensamientos cuando, al recibir el desafío de aquélla a quien el prefecto llama «cierta persona», se vea forzado a abrir la carta que le dejé en el tarjetero.

-¿Cómo? ¿Escribió usted algo en ella?

-¡Vamos, no me pareció bien dejar el interior en blanco!

Hubiera sido insultante. Cierta vez, en Viena, D... me jugó una mala pasada, y sin perder el buen humor le dije que no la olvidaría. De modo que, como no dudo de que sentirá cierta curiosidad por saber quién se ha mostrado más ingenioso que él, pensé que era una lástima no dejarle un indicio. Como conoce muy bien mi letra, me limité a copiar en mitad de la página estas palabras:

...Un dessein si funeste, S’il n’est digne d’Atrée, est digne de Thyeste.

»Las hallará usted en el Atrée de Crébillon.»

FIN